Con papeles

El 10 de mayo de 2007 se publicó un Decreto en el que se establecieron los nuevos recursos económicos a acreditar para la entrada y permanencia en España por parte de extranjeros no comunitarios.

Desde entonces se exige para el sostenimiento de cualquier extranjero (independientemente de su edad) la tenencia de una cantidad diaria mínima de dinero que represente en euros el 10% del salario mínimo interprofesional bruto, o su equivalente en moneda legal extranjera.

El S.M.I. para 2010 está establecido en 633,30 € al mes. Por lo tanto, eso significa que cualquier extranjero que pretenda entrar en España, o pedir un visado ante nuestras Embajadas, debe justificar que dispone de una cantidad mínima equivalente a 63,30 € por día de estancia y por persona. La anterior normativa anterior a esta de 2007 databa de Febrero de 1989, y en ella la suma fijada era de 5.000 ptas. por día y persona, lo que equivalía a 30 € de la moneda actual.

El importe de los 63,30 € por día y persona debe multiplicarse por el número de días y de personas que viajen a cargo del extranjero. Así que a modo de ejemplo, una familia compuesta por matrimonio con dos hijos menores que pretenda venir de vacaciones a nuestro país, debe acreditar que dispone diariamente de nada menos que 253,20 €, que multiplicados por 30 días totalizarían 7596 € al mes, o sea casi 1.264.000 de las antiguas pesetas ¡ Mi familia y yo solemos llegar a fin de mes con algo menos ¡ Y para el Estado, se ve que los niños y los mayores gastan y consumen lo mismo.

Resulta infamante que se esté exigiendo a los extranjeros el equivalente al 10% del Salario Mínimo Interprofesional para entrar en nuestro país, ya que si se supone es “salario mínimo e interprofesional” y se establece en 633,30 € al mes, es evidente que a los españoles se nos permite disponer diariamente no de ese 10% del SMI, sino de la trigésima parte que son exactamente 21,10 € al día. Se supone que es una cantidad suficiente para una digna supervivencia, ya que incluso hay personas y familias que sobreviven con recursos menores como la renta de garantía de ingresos u otras prestaciones sociales asistenciales.

En definitiva, a los extranjeros se les exige el triple (63,30 €) que a los españoles (21,10 €). El Salario Bruto Anual Medio en España es de 21.500 € aproximadamente, así que dividida esta suma entre 14 mensualidades el sueldo medio nacional sería de 1.536 € al mes, lo que por cierto que es mucho decir.

Nos podemos sentir muy afortunados de no ser extranjeros, ya que en otro caso muchos debiéramos marchar de este país, o en el mejor de los supuestos no hubiéramos entrado. En efecto, si multiplicamos los 63,30 €/día por los 30 días del mes, se nos exigiría disponer nada menos que de 1.899 € al mes si fuéramos extranjeros, suma que supera con creces el S.B.M. anual. No sólo los “mileuristas” sino el común de los nacionales queda excluido de estos baremos.

De lo que concluyo que el modelo de extranjero que perfilan nuestros dirigentes sigue siendo más parecido al potencial económico de un Messi o los jeques árabes, que al de los “Makumba Malembas” que de manera tan infortunada están intentando arribar en los malditos cayucos hacia la tierra prometida.

Como no disponen ni tan siquiera de un euro por día que se les pueda exigir, la entrada irregular y por la puerta de atrás está garantizada. Los políticos que con tanta ligereza proclaman estulticias como que “España es un coladero” que tenga en cuenta estas evidencias.


El pasado martes los medios de comunicación informan que ¡albricias¡ se hacía público el sumario Gürtel, compuesto nada más y nada menos que por 50.000 folios. Tras facilitarse las contraseñas de acceso al dossier a través de internet , y solo a los procuradores personados en la causa, no habían transcurrido más de dos horas cuando varios medios de comunicación, y por supuesto dirigentes de todos los partidos políticos, en un alarde de inaudita celeridad y precisión, realizaban valoraciones a bombo y platillo del contenido de las actuaciones, extrayendo todo tipo de conclusiones sobre responsables, dádivas, perjudicados, favores, escuchas, víctimas, o simplemente se despachaban con la rimbombante afirmación de que “ninguna aportación nueva se había hecho a lo ya conocido”. A lo conocido de un sumario hasta entonces secreto. A voces .Y a veces.

Estoy muy acostumbrado a la lectura de voluminosos legajos jurídicos. Calculadora y cronómetro en ristre, reflexiono serenamente pero con urgencia sobre el dato cuantitativo –y también cualitativo- que supone en pocas horas absorber este formidable caudal de 50.000 folios, agrupados en 291 tomos, lo que implica que cada tomo se compone de 172 páginas. Es decir, más o menos son casi tres centenares de libros. Que hay que leer, subrayar, entender, ordenar, procesar y resumir. Se me antoja titánica la encomienda.

Añado otros aspectos interesantes de reflexión netamente jurídica. En este caso, la documentación no se ha facilitado en papel sino a través de unas claves de internet, y sólo a las partes personadas: ¿por qué las conocieron entonces tan rápido los periodistas y los políticos si no eran parte? Si alguno de los juristas, políticos, o periodistas fuera un poco torpe -como sería mi caso- necesitaría un tiempo adicional para acceder a las claves y bajar la información adjunta. Y con ese volumen, el ordenata se te queda colgado fijo un par de veces por lo menos, así que otros tantos reseteados no te los quita nadie. El tiempo avanza.

Una vez lograda esta meta, declaro bajo promesa que soy incapaz de leer más de dos folios seguidos en un ordenador, con lo cual evidentemente hubiera procedido a imprimir esos 50.000 folios. La cuestión nada baladí es encontrar impresora que soporte impresión tan impresionante; de cuánto papel podemos disponer sin talar otro árbol; que no se atasque el artilugio aparte del tiempo que tardaría la impresión; el cabreo del dueño de la tienda que tiene que dejar otros trabajos urgentes, y los litros de tóner. Y no he dicho nada todavía de la pasta gansa que nos cuesta la broma.

Bien. Ya tenemos los 50.000 folios impresos, numerados, grapados, y encuadernados, y aunque el tiempo sigue corriendo inmisericorde, podemos por fin empezar su lectura aunque no encontremos una vitrina donde depositar el cargamento. Pero es que además yo cuando leo un documento jurídico necesito tener cerca de mí post-it, marcadores luminosos, lápices, rotuladores, gomas, etc. En definitiva, el genuino arsenal escolar con el que anotar todo aquello que me llama la atención. Se trata no sólo de leer en solitario, sino básicamente de entender, analizar y concluir. Nadie comenta que la ingente tarea se haya repartido entre varios lectores y narradores.

Luego tendría que agrupar, clasificar, u ordenar de algún modo las diferentes declaraciones y pruebas de los intervinientes porque mi cabeza es -a estas alturas de la vida y del sumario- incapaz de asumir tanta literatura , tan poco bella y edificante. Incluso prescindiendo de esos folios que pudiéramos considerar accesorios (diligencias y providencias de mero trámite, declaraciones duplicadas o ilegibles, errores tipográficos, etc.) y hasta con un nivel avanzado de lectura a razón de unas 400 palabras por minuto, no me salen las cuentas y el reloj sigue avanzando inexorable. Y encima, ponte a escribir sobre lo que has leído que también lleva su tiempo.

Todos los eruditos y sesudos periodistas, políticos, e incluso algún aventajado ciudadano que han hecho valoraciones del sumario tan profundas como contundentes, que me lo expliquen porfa. Me parece biológicamente imposible, mentalmente insano, y jurídicamente dudoso, que nadie en su sano juicio haya podido leer en tan poco tiempo, a tanta velocidad, tantísimos aburridos documentos.

No me lo creo, entre otras cosas porque se supone que habrán tenido que realizar simultáneamente otras actividades ordinarias de la vida aparte de deglutir este tocho tan indecente. Los analistas habrán comido, cagado, dormido, hecho el amor, o tal vez participado en alguna procesión de Semana Santa. A mí desde luego en el w.c., de cofrade, o con mi pareja, ni se me ocurre ir con el sumario Gürtel ni siquiera en parte, que me juego el matrimonio y hasta mi fe.

Una última revelación: uno de los Abogados -ahora sí de verdad y en serio- me ha pasado las claves de internet y he empezado a leer concienzudamente el ladrillo. No lo he imprimido porque el libro de instrucciones dice que 50000 es la vida máxima de mi impresora, y no estoy por comprar otra. Sabiendo que tenía que hacer este artículo me estoy dando más prisa de la habitual, y voy ya por el folio 3455 (Tomo 20), porque no he dejado de hacer otras tareas cotidianas, faltaría más. Lo malo es que ya se me ha olvidado de qué iban buena parte los dos mil primeros, así que todavía no me veo muy capacitado para daros un parecer clarividente y global sobre el contenido. Lo único que atisbo es que esto parece que tiene “correa” para rato…


La mujer que trabaja en mi casa, 36 años, colombiana, está muy contenta desde hace un par de meses porque al fin ha conseguido “papeles”. Llevaba varios años en situación irregular, así que la notaba yo estos últimos tiempos tan ufana y contenta. Realizando las tareas de la casa con su proverbial eficiencia, pero más sonriente y cantarina. 

Anteayer me llamó entre circunspecta y preocupada para decirme algo. Me temí lo peor: “ha encontrado un trabajo mejor y nos abandona”, me dije. Estaba equivocado. Me cuenta que lleva 5 años sin ver a sus hijos que quedaron allá y ni tan siquiera conoce a su nieto (sí he dicho bien, su nieto de 3 años). Desde que llegó a nuestro país no ha parado de trabajar en lo que fuera.Oculta, clandestina. Siempre con miedo a esa expulsión que pudiera romper su ilusionante y necesario proyecto migratorio para redimir a los suyos. Les ha mantenido con estoicismo enviándoles dinero mensualmente, a costa de enormes sacrificios. 

Interrumpe la charla porque llega la hora de recoger a mi hija del colegio. Baja puntual y presurosa a la parada del bus sin que aún sepa a ciencia cierta qué demonios pretende. Mi hija -que tiene la misma edad que el tiempo que ella lleva si ver a los suyos- la quiere mucho y me estremezco ante la sola idea de que se nos vaya para siempre. Ya es parte de mi familia y no disimulo mi zozobra. 

Reanudamos la conversación y titubea para decirme simplemente que quisiera viajar a su país por Navidades para visitar a sus hijos y conocer su nieto. 5 años de espera. Kevin va a hacer la primera comunión y Martha Lucía es demasiado joven para cuidar de su hijito, o sea su nieto. Han debido cambiar mucho desde la última vez que les vio y está segura que no la reconocerán. Me confiesa que tiene miedo a que la despidamos y se quede sin trabajo a su regreso. 

Miro de reojo a mi hija, a quien tengo y veo cada día, y me entra así como un escalofrío. Esta estoica mujer que trabaja sin desmayo en mi hogar, barre, lava cocina, plancha y cuida de mi pequeña, lleva un lustro sin acariciar a sus hijos, sin bañarles, sin reñirles, sin besarles, y… ¡aún me pregunta qué me parece si vuelve a verles siquiera un “tiempito” ahora que puede!

Por fin ha conseguido recolectar el dinero del pasaje y la estancia, con lo que no pudo asistir al concierto de Juanes que le chifla. Me buscará una sustituta durante su ausencia para que no tenga la “camisa negra” y yo le digo que “A Dios le pido” que vuelva por favor.  

La familia al completo hemos dado el permiso para que viaje. Que sus hijos la reconozcan y la achuchen, que sepan que a pesar de las penurias y algunos sueños rotos, está más guapa. Y que siquiera unos días admiren a quien tuvo el honor de dejar bandera, patria y familia a la búsqueda de un futuro incierto que ahora se asoma algo más cierto, aunque no del todo seguro. 

Hemos metido entre su equipaje una bolsa de esas chuches que le encantan a mi hija, pero que su nieto jamás ha probado. Le ruego egoístamente que regrese porque es difícilmente reemplazable. Sabe que no podrá reagrupar a sus hijos en España hasta que pase al menos otro año, y además necesitará más salario, mejor vivienda, un comportamiento irreprochable, y un sinfín de documentos para que ese sueño se realice.

No hemos tenido que meditar mucho y tiene todos los permisos. Y mi hija le ha regalado una estrellita para que la cuelgue en la bandera tricolor de bienvenida cuando llegue al aeropuerto de Bogotá. Que simbolice el coraje, la dignidad, el valor. Mañana y pasado me pondré la camisa arrugada. Pero un día más habré podido dar el beso de buenas noches a mi hija. Y la sigo viendo crecer día a día. Sin moverme de casa. Con papeles.  


El 2 de Agosto de 1999 dos niños africanos llamados Yaguine Koita y Fodé Tounkara, de 14 y 15 años de edad, fueron encontrados muertos en el interior del tren de aterrizaje de un avión de Sabena que cubría la línea Conakry-Bruselas. Ocultos en tan peligroso habitáculo, cual polizones de su propio ataúd, habían perecido congelados sin ver cumplidos sus sueños, incluso de vivir despreciados y marginados en la opulenta e inmisericorde Europa.

En su estéril sacrificio, la imagen de miles de inmigrantes tratando de cruzar por la puerta falsa la frontera entre la miseria y la esclavitud. En patera o cayuco, en camiones frigoríficos, en los bajos de un camión, siguen muriendo a cada minuto sin poder atravesar de frente y con sonrisa esa línea que con pasmosa facilidad cruzan mercancías y mercaderes, bienes, servicios, animales, y hasta virus. Pero no personas, al menos no todas las personas.

En sentido contrario millones de vuelos al año -quizás en ese mismo avión- nos trasladan a millones de turistas bien pertrechados , y con documentos, sin que nadie pueda ni quiera detener esa marea de bienestar para la que no hay fronteras, ni vallas, ni patrulleras. Viajamos sentados, tal vez en primera, incluso para admirar las culturas milenarias de muchos de estos pueblos decadentes que llaman a nuestra puerta de la abundancia para recoger siquiera las migajas que caen de nuestras mesas repletas.

La historia de Yaguine y Fodé, y la de tantos millones de niños desesperanzados, hubiera pasado desapercibida de no ser porque firmemente apretado contra el pecho de Fodé se encontró este manuscrito en francés que constituye toda una bofetada angelical a nuestra placentera quietud.

Expresiones tan banalizadas como “efecto llamada” tendrían otro sentido si leemos esta angustiosa e ingenua misiva con los ojos del corazón, aceptando la durísima interpelación que estos dos inocentes nos dirigen a todos estos “honorables personajes” entre los que me incluyen.

No quito una coma a este impresionante texto, que leo y repaso en momentos de flaqueza cuando algunos días de niebla intento justificar quienes deben ser invitados a mi Norte inmerecido:

“ Excelencias, señores miembros y responsables de Europa:

Tenemos el honorable placer y la gran confianza de escribirles esta carta, para hablarles del objetivo de nuestro viaje y del sufrimiento que padecemos los niños y jóvenes de Africa.

Pero, ante todo, les presentamos nuestros saludos más deliciosos, adorables y respetuosos con la vida. Con este fin, sean ustedes nuestro apoyo y nuestra ayuda. Son ustedes, para nosotros, en África, las personas a las que hay que pedir socorro. Les suplicamos, por el amor de su continente, por el sentimiento que tienen ustedes hacia nuestro pueblo, y sobre todo, por la afinidad y el amor que tienen por sus hijos a los que aman para toda la vida. Además, por el amor y la timidez de su creador, Dios Todopoderoso, que les ha dado todas las buenas experiencias, riquezas y poderes para construir y organizar bien su continente, para ser el más bello y admirable entre todos.

Señores miembros y responsables de Europa: es a su solidaridad y a su bondad a las que gritamos por el socorro de Africa. Ayúdennos, sufrimos enormemente en Africa. Tenemos problemas y carencias en el plano de los derechos del niño.

Entre los problemas tenemos la guerra, la enfermedad, la falta de alimentos. En cuanto a los derechos de los niños, en África, y sobre todo en Guinea, tenemos demasiadas escuelas, pero una gran carencia de educación y de enseñanza: salvo en los colegios privados, donde se puede tener una buena educación y una buena enseñanza, pero hace falta una fuerte suma de dinero. Ahora bien, nuestros padres son pobres y necesitan alimentarnos. Además, tampoco tenemos centros deportivos donde podríamos practicar el fútbol, baloncesto o el tenis.

Por eso, nosotros los niños y jóvenes africanos, les pedimos hagan una gran organización eficaz para Africa, para permitirnos progresar.

Por lo tanto, si ustedes ven que nos sacrificamos y exponemos nuestras vidas, es porque se sufre demasiado en África. Sin embargo, queremos estudiar y les pedimos que nos ayuden a estudiar para ser como ustedes en Europa.

En fin, les suplicamos muy, muy fuertemente, que nos excusen por atrevernos a escribirles esta carta a ustedes, los grandes personajes a quienes debemos mucho respeto. Y no olviden que es a ustedes a quienes debemos quejarnos de la debilidad de nuestra fuerza en Africa.

Escrito por dos niños Guineanos: Yaguine Koita (14 años) y Fodé Tounkara (15 años)”.